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martes, 23 de noviembre de 2010

Camino a La Tiranía En Atenas

V.- La Intransigencia De Los Bandos Políticos
Conduce A La Tiranía

Allí donde no fue posible:

a)    Ponerse de acuerdo para elegir un esimneta.

b)    O donde las reformas de éstos no pudieron cumplirse.

La evolución política siguió otro curso mucho más vio­lento: condujo a las ciudades a la tiranía.


Los Demagogos

El pueblo apoya a un caudillo o demagogo lo suficientemente audaz para vencer a la oligarquía dominante. Suele ser:

a)    Algún noble indispuesto con los de su clase.

b)    Algún magistrado oligárquico que se alza con la autoridad.

c)     O bien algún agitador salido de las filas del partido popular.

Después de sangrientos combates en las calles, se adueña del mando y gobierna sin más ley que su voluntad. Se encierra en la acrópolis, se rodea de una guardia personal y desde allí persigue a los miembros de las clases elevadas, confiscándoles sus bienes o arrojándolos de la ciudad.

Su poder se basa sólo en la fuerza y no en la elección de sus conciudadanos, como el de los esimnetas. Tales fueron los tiranos de las repúblicas griegas entre los siglos VII y VI.

Como nacidos de las reivindicaciones populares, fueron amigos del pueblo y enemigos del régimen oligárquico. Generalmente eran hombres de grandes méritos, capaces de gobernar con acierto y de levantar el prestigio de la Ciudad. Cultos y refinados, supieron proteger las artes, las ciencias y la filosofía; de mucho espíritu práctico, enriquecieron sus ciu­dades al combatir la ociosidad, al crear la clase de los pequeños propietarios por medio del reparto de los latifundios y al fomen­tar el comercio, la navegación y la industria.

Pero el principal servicio que prestaron los tiranos de esta época fue que enseñaron al pueblo a obedecer a un gobierno que no fuese de origen divino ni religioso, como lo habían sido la monarquía y la oligarquía. Por esto puede decirse que ellos prepararon a las masas populares para ejercer el régimen más perfecto que vino más tarde, la democracia o gobierno del pueblo por el pueblo.

Como su autoridad no es legal, no hay leyes de sucesión al poder y no existe otro medio que la violencia para hacerlos abandonar el mando. Por tales motivos casi todos vivieron en constante sobresalto, velando por sus vidas, y ésto los hizo crueles y desconfiados.

Finalmente, el sistema se fue haciendo cada vez más innecesario; desde el instante en que logró destruir el poder de las clases privilegiadas, ya el pueblo no le prestó su apoyo porque había cesado la lucha contra el enemigo secular. Entonces los tiranos hubieron de mantenerse con la ayuda de los tiranos de otras ciudades o apoyados por el oro y las tropas de algún Es­tado no helénico. Tales fueron las tiranías de los siglos V, IV y III.

Sólo una de las ciudades griegas fue enemiga declarada de los tiranos:

Esparta, cuyo espíritu aristocrático y oligárquico, por excelencia la hacía rechazar todo régimen en que el poder estuviese entregado al capricho de un solo hombre. De aquí la causa do que todas las regiones sometidas a su influencia, Creta y la mayor parte del Peloponeso, no hubiesen conocido la tiranía.

En cambio, en las regiones industriales y marítimas, donde el desarrollo económico hacía más acentuadas las diferencias en­tre ricos y pobres, las ciudades evolucionaron hacia la democra­cia pasando por la tiranía. Tal fue el caso de la Grecia asiática, de la Grecia central y de Magna Grecia y Sicilia (1).

(1) Las primeras ciudades que alcanzaron la tiranía fueron las de Jo­nia, especialmente Sanios y Mileto, que contaron con dos tiranos famosos: Polícrates y Trasíbulo. Entre los de la Grecia propia hay que mencionar a Pisistrato de Atenas y Periandro de Corinto, y en Sicilia a Dionisio de Siracusa. Todos fueron esencialmente democráticos, en el sentido de que trataron de nivelar las clases sociales, aunque por medio de procedimientos violentos: confiscaciones, destierros, ejecuciones y espionaje dirigidos contra la clase alta y en beneficio de los de abajo. Famoso es el consejo que daba el tirano Trasíbulo de Mileto a Periandro: Cortad las espigas más altas que sobrepasan a las otras.

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